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COMANCHERÍA

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En Comanchería (Hell or High Water en el original), los hermanos Tanner y Toby Howard deciden robar bancos para poder salvar el rancho familiar, mientras los rangers Marcus Hamilton y Alberto Parker les persiguen por toda Texas. Podría ser el argumento de una película ambientada en 1870, pero el director David Mackenzie y el guionista Taylor Sheridan han optado por desarrollar su historia en la actualidad. Comanchería es un western contemporáneo, como lo fuera No es país para viejos.

De hecho, todo el discurso de la película parece girar en torno a eso: el mundo del western no ha cambiado lo más mínimo. Los vaqueros conducen coches en lugar de caballos, pero en todo lo demás no hay gran diferencia. Es tentador hablar de la Texas de Trump, porque la sociedad que presenta en Comanchería representa muy bien a buena parte de ese votante tradicional, afincado en poblaciones pequeñas, poco interesado por los avances de la civilización, que ha optado por el magnate neoyorquino. Sin embargo, creo que sería una simplificación. El mundo de Comanchería lleva ahí más de 150 años, anclado en el pasado, desintegrándose lentamente mientras cada uno intenta salvar lo que puede de él.

En el caso de Tanner Howard, lo único que quiere salvar es a su hermano. Todo lo demás en él es pura psicosis, así que desde el principio parece aceptar que su destino es la muerte. Toby también está dispuesto a morir en el intento, pero no quiere perder su alma por el camino. A diferencia de Tanner, y como buen protagonista trágico, tiene mucho más que perder.

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Los dos agentes de la ley que les persiguen son a la vez reflejo y contrapunto de los hermanos Howard. Marcus representa a ese mundo en extinción, ese que Leone y Peckinpah daban por muerto hace décadas, pero que se resiste a desaparecer. Viendo lo que le rodea, resulta fácil entender que así sea: el atrezo ha cambiado, pero la esencia es la misma. Marcus, a punto de retirarse, tiene miedo a desaparecer.

En cuanto a Alberto, tiene mucho que perder, y tiene miedo de perderlo. Está cansado de las bromas racistas de Marcus, cansado de lo que significa para él, medio mexicano, medio indio, que un blanco con pinta de vaquero se ría de sus orígenes. Pero, al mismo tiempo, parece aceptarlo con resignación porque sabe que el tiempo de Marcus y de todos esos vaqueros como él se ha terminado. Han seguido el mismo proceso de deterioro que los indios tras la conquista del Oeste por los blancos, convirtiéndose en borrachos con armas, dispuestos a blandirlas patéticamente para defender algo que ya no es suyo.

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Los cuatro actores se entregan a sus personajes de forma encomiable, construyéndolos como arquetipos (el listo, el loco, el sheriff, el indio), pero dejándose empapar por los matices que el guion va incorporando poco a poco, en especial para Marcus (un siempre excelente Jeff Bridges) y Toby (Chris Pine, la sorpresa de la película). Igualmente loable es el trabajo del director de fotografía, Giles Nuttgens, que enfrenta los inabarcables cielos azules y las llanuras doradas con el gris del asfalto y el óxido de ciudades moribundas. Así, enfrentando la imagen clásica del western con la modernidad, Nuttgens se convierte en uno de los principales artífices del discurso de la película.

Y hablando de discurso llegamos al terreno de los defectos, que aquí se vuelve un poco delicado. Delicado porque mientras una de las flaquezas me parece bastante evidente, sobre la segunda tengo mis dudas.

El primer problema de Comanchería está en lo pronto que desvela sus cartas. El guion juega inteligentemente a verbalizar parte del discurso mientras deja que la otra parte se muestre a través de la imagen, pero comete el error de introducir todo lo que el espectador necesita sabe en los primeros 45 minutos de película. Después, la película se conforma con seguir el argumento, seguir a los personajes. Son excelentes personajes, y defienden la película con tanta determinación que resulta fácil ignorar los defectos de esta, pero uno no puede evitar sentir que la película ya ha contado todo lo que tenía que contar a la mitad de su metraje. 

En cuanto al segundo problema, ese que me genera dudas, se encuentra en el trabajo de planificación de David Mackenzie. De la misma forma que la fotografía eleva la película al hacer chocar lo viejo y lo nuevo, creo que Mackenzie debería haber enfrentado los ecos de John Ford con el siglo XXI. En su lugar, la planificación parece contentarse con mostrar y dejar que la fotografía, el guion y los actores hagan su trabajo sin molestar. Es una opción válida (de hecho, yo mismo la he defendido en muchas ocasiones en el cine de, por ejemplo, Sidney Lumet), y de ahí mis dudas.

En cualquier caso, sería ingrato por mi parte centrarse en lo que la película no consigue, teniendo en cuenta lo mucho que sí consigue. Comanchería es una excelente narración sobre un mundo (y un género) que lleva décadas agonizando pero que, a punta de rifle, se niega a morir.

 

Pablo López

 

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COMANCHERÍA (HELL OR HIGH WATER) (E.E.U.U, 2016)

Director: David Mackenzie/ Guion: Taylor Sheridan/ Montaje: Jake Roberts/ Fotografía: Giles Nuttgens/ Diseño de producción: Tom Duffield/ Música: Nick Cave y Warren Ellis/ Producción: Peter Berg, Sidney Kimmel, Carla Hacken y Julie Yorn/ Reparto: Chris Pine, Ben Foster, Jeff Bridges, Gil Birmigham…

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2 comentarios el “COMANCHERÍA

  1. Pingback: LO MEJOR DEL 2016 | PLAY NOW

  2. Alberto
    05/01/2017

    Me pasa un poco como a ti con el “segundo problema”. El discurso de la película insiste demasiado en demostrar la actualidad del Western: las cosas han cambiado (la banca y el petróleo invaden el paisaje), pero el oeste sigue igual y también la forma de representarlo. La película es, literalmente, una paliza al cambio (ya sabes, a niñatos con deportivos y música electrónica). Si hay algo de trumplandia se encuentra en esta reivindicación crepuscular del espíritu tejano. A mí también me hubiera gustado menos demostración posmoderna de la actualidad del Western y más exploración directa del presente.

    Recuerdo que en Río Bravo Dean Martin le preguntaba a John Wayne si de veras el joven Ricky Nelson sería tan bueno con el revolver. La respuesta era rotunda: “lo suficientemente bueno para no tener que demostrarlo”.

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Esta entrada fue publicada en 31/12/2016 por en Cine y etiquetada con , , .

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