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ENCADENADOS

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Hablar de Hitchcock es recorrer un camino ya mil veces transitado. Si, además, se pone el foco en una película como Encadenados, sobre la que se han escrito cientos de textos, uno se encuentra con que hay poco que contar. Es una de las cumbres de la narrativa clásica, resuelta por el director inglés con enorme maestría. Sin embargo, no se ha hablado tanto del trabajo del guionista, Ben Hecht, y puede aportar una perspectiva, si no nueva, al menos diferente.

La base del drama en Encadenados es sencilla: una mujer (Ingrid Bergman) se enamora de un espía (Cary Grant) y accede, por amor, a acostarse con un agente nazi (Claude Rains) para conseguir una valiosa información. A los diez minutos, Ingrid Bergman ya se ha enamorado de Cary Grant, a pesar de que su personaje resulta agresivo, frío y condescendiente. Hecht trata de justificar el romance con el encarcelamiento del padre de ella (algo muy de Hitchcock, la lectura freudiana un tanto rancia, en este caso el deseo de remplazar a la figura paterna), pero como desconocemos la verdadera forma de la relación entre Bergman y su padre, esto cae en saco roto. Al final, no hay nada que justifique o explique que ella se sienta atraída por él. Sencillamente, es necesario que sea así porque se trata del detonante de la trama. ¿Quién no se enamoraría de Cary Grant?, parece pensar Hecht, siguiendo una lógica propia del star-system. Cincuenta y cuatro años después, Robert Towne se enfrentó al mismo problema en ese remake declarado que es Misión imposible II (John Woo, 2000), pero consiguió dar una justificación clara y coherente para la atracción entre los dos protagonistas: a los dos les excitaba el peligro. En el caso de Grant y Bergman, aparte de la atracción física, no hay nada.

Este problema proviene de otro mucho mayor: el personaje de Ingrid Bergman es, al igual que el famoso uranio en la botella de vino, un Macguffin. De hecho, a poco que uno rasque en la superficie, descubre que no hay personaje, solo un objeto de deseo que el guionista zarandea según le conviene: de cínica desencantada a romántica incurable y, finalmente, mártir. La razón de estas transformaciones debería estar en su relación con Cary Grant, pero este (al menos de cara a ella) se mantiene estólido e inasequible hasta los últimos diez minutos.

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Para empeorarlo más aún, los diálogos durante la parte del enamoramiento son todo artificio e ingenio, ese tipo de dialogo que brillaba en el cine negro clásico, donde el peso se ponía en la construcción de la atmósfera y en cierto distanciamiento cínico que potenciaba la turbiedad moral de lo narrado. Encadenados, sin embargo, es una película que gira en torno a lo emocional, y esa distancia no logra otra cosa que obligarnos a ver a los actores más que a los personajes, hiriendo la verosimilitud de una película que está imperiosamente necesitada de esta. Como todo el discurso emocional se sostiene sobre la idea de que ella actúa por amor, si no somos capaces de entender (o al menos sentir) su atracción, el discurso se cae a pedazos. El sufrimiento de Bergman resulta forzado porque la base está contaminada por una infantil búsqueda de lo cool, que para colmo se abandona en el momento en el que los protagonistas llegan a Rio.

Por el camino se quedan también algunos apuntes de discurso intelectual que, como suele ser habitual en Hitchcock, se enuncian pero quedan abandonados, casi sin profundizar. En el caso de Encadenados, los apuntes más interesantes giran en torno a la idea de que los hombres usan a las mujeres como herramientas en sus conflictos. Sin embargo, como el guion de la película acaba haciendo lo mismo con el personaje de Ingrid Bergman, esta idea acaba por perderse en un mar de inconsistencias.

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Sin discurso emocional ni intelectual, nos queda solo la trama. Una vez más, Hecht envenena los cimientos de la película con una estructura llena de casualidades. A pesar de algunas secuencias bastante notables, resulta difícil abstraerse a la realidad de que Cary Grant descubre el uranio por accidente, Ingrid Bergman descubre la bodega por accidente (dos veces, de hecho) y Claude Rains descubre la traición de su esposa por pura torpeza de esta, de Cary Grant y de todo el plan de la inteligencia estadounidense (que, reconozcámoslo, es un plan bastante mal urdido).

Parece claro que a Hecht no le interesaba demasiado la trama, pero, si esta es un Macguffin, la protagonista también lo es, y con ella, todo el discurso emocional, ¿qué nos queda? Por supuesto, nos queda Hitchcock. ¿Puede un gran director salvar un guion tan discutible? La respuesta a esa pregunta se encuentra única y exclusivamente en la mirada de cada espectador.

Pablo López


ENCADENADOS (NOTORIOUSE.E.U.U., 1946)

Dirección: Alfred Hitchcock/ Guion: Ben Hecht/ Montaje: Theron Wartz/ Fotografía: Ted Tetzlaffs/ Dirección artística: Carroll Clark y Albert S. D’Agostino/ Música: Roy Webb/ Producción: Alfred Hitchcock y David O. Selznick/ Reparto: Ingrid Bergman, Cary Grant, Claude Rains, Louis Calhern, Leopoldine Konstantin…

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Esta entrada fue publicada en 20/02/2017 por en Cine y etiquetada con , , , .

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