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KONG: LA ISLA CALAVERA

Skull Island #3

Cuando George Lucas y Steven Spielberg sentaron las bases del blockbuster moderno con Tiburón (1974), La guerra de las galaxias (1977) y, más tarde, En busca del arca perdida (1982), no lo hicieron mirando al cine de la modernidad (el neorrealismo italiano o la nouvelle vage francesa, por ejemplo). Sus referentes eran los de su infancia: las películas de serie B de los 50, los seriales de los 40 y tebeos como Flash Gordon y Buck Rogers. Había un deseo implícito de recuperar la narrativa clásica, convencional, y la inocencia que llevaba aparejada.  De la misma forma que Al final de la escapada (Jean-Luc Godard, 1959) era la manifestación de una necesidad de ruptura con esas formas clásicas, el trabajo de Lucas y Spielberg (aun siendo, inconscientemente, deudor de la modernidad) pretendía romper con la ruptura para poder recuperar y revisar ese modelo clásico sin destruirlo. Así, el blockbuster se convirtió en la expresión cinematográfica del deseo humano por recuperar la infancia perdida, la imaginación, la falta de responsabilidad, el juego… En resumen, la inocencia. No hace falta decir que el público estadounidense, probablemente agotado por todo lo sucedido (tanto a nivel social como cultural) durante los turbulentos 60 y 70, abrazó su propuesta con fervor.

Este modelo neoclásico (o pop-clásico) se ha mantenido durante cuatro décadas, ignorando los sucesos a su alrededor, la explosión de la posmodernidad y las nuevas visiones del mundo que esto ha conllevado. Ya no vivimos en los 80, pero el cine popular estadounidense (y, por arrastre, el occidental) sigue insistiendo en formas que apenas han cambiado. Esto ha llevado a una profunda crisis del cine de masas, que se ha convertido en un objeto nostálgico, desconectado de la realidad, anacrónico, una especie de fantasma que se niega a aceptar su muerte. De hecho, la niega con tanta insistencia que ha ahondado más aún en sus defectos, anulando todo aquello que hacía del modelo algo valioso en los 80. Del juego desprejuiciado con las formas en Indiana Jones y el templo maldito (Steven Spielberg, 1984) y Golpe en la pequeña China (John Carpenter, 1986) hemos pasado al paralizante terror a ser considerado “raro” de las películas Disney/Marvel, el tándem que más ha perfeccionado este modelo neoclásico. Tanto es así que, ahora que ya empiezan a surgir voces que hablan del fin de la posmodernidad, seguimos sin haber tenido poco más de un puñado de blockbusters que puedan considerarse verdaderamente posmodernos. El cine popular de Hollywood lleva décadas de retraso, y el cadáver está descomponiéndose a ritmo vertiginoso.

Skull Island #4

Este largo preámbulo viene a cuenta del estreno de Kong: la isla calavera, segunda película de Jordan Vogt-Roberts y también segunda parte del proyecto de Legendary Pictures para construir una mitología franquiciable con los monstruos del cine clásico y los kaiju japoneses (Godzilla, Mothra, King Gidorah, etc…). En principio, el material era un terreno perfecto para mantener el modelo formal de los 80, pero, y ahí viene la sorpresa, Kong: la isla calavera se acaba convirtiendo en algo diferente.

La película comienza con un piloto cayendo a toda velocidad hacia cámara. Acto seguido, aterriza con su paracaídas en una playa y se bate en duelo con un piloto japonés. La escena, a pesar de que recuerda a Infierno en el pacífico (John Boorman, 1968), está coreografiada como si se tratase de un cartoon de Nickelodeon (que, a su vez, estaría homenajeando al spaghetti-western). Poco después, una elipsis temporal nos conduce de la Segunda Guerra Mundial a una guerra de Vietnam que, sin rubor alguno, transita los caminos estéticos marcados por Apocalypse Now (Francis Ford Coppola, 1979).

Skull Island #6

Esta tendencia se mantiene durante toda la película, que se convierte así en un popurrí de referentes que van desde  Tarantino (la narrativa de la revancha, en este caso un simio gigante que actúa como vengador de todo Vietnam), los videojuegos (hasta el punto de usar un par de veces planos en primera persona con armas en el centro de la composición, como los populares first person shooters), los videos caseros en 16 milímetros, la fotografía de guerra, el tebeo pulp y, por supuesto, King Kong (Merian C. Cooper y Ernest B. Schoedsack, 1933). Lo más interesante aquí, lo que separa a Kong: la isla calavera de otras muchas películas recientes es que todos estos referentes no forman parte de un juego de homenajes en el que el espectador debe reconocer cuantos más pueda, como si estuviera en un concurso televisivo. Son, sencillamente, los referentes propios de la gente que ha construido la película. Además, como buen y verdadero blockbuster posmoderno, resultan muchos y eclécticos.

Así, Vogt-Roberts y su equipo logran, por caminos muy diferentes, algo parecido a la película del 33: el conjunto es, sin duda, un delirio surrealista y sorprendente, pero añadiendo una cierta ferocidad descreída y algo cínica. En resumen, como cualquier capítulo de Hora de aventuras o Rick y Morty, dos series de animación puramente posmodernas. Por el camino, la película ahonda en el discurso del Godzilla de Gareth Edwards, convirtiendo a los humanos en seres patéticos e irrelevantes que solo logran alcanzar la dignidad cuando aceptan que no son los reyes de la creación (o, al menos, no los únicos) y deben, por tanto, aprender a convivir con el entorno. Es interesante observar cómo, en una época en la que la conciencia ecológica parece haber alcanzado, por fin, una posición relevante, ambas películas plantean a la Naturaleza como el nuevo dios a reivindicar, atacando frontalmente milenios de religiones monoteístas y antropocéntricas.

Skull Island #2

Las similitudes con Godzilla no terminan ahí, por desgracia. Aunque muchos de los problemas de la fallida película de Edwards se han solventado (o aliviado), otros permanecen. Principalmente, la sensación constante de atropello, de que, en lugar de construir las situaciones con calma, se estuviera improvisando sobre la marcha. Esto acaba por edificar una película que apabulla pero no cala, en la que los momentos por separado son más interesantes que el conjunto. Pero, aunque eso le resta valor a la experiencia, no merma el interés de Kong: la isla calavera, una película inmersa en la búsqueda de una nueva vía formal para el cine popular, que se aleje de las ya anacrónicas estructuras y modelos del cine de evasión de los 80. Se trata, al fin y al cabo, de la inevitable rebelión de los hijos de Spielberg contra su padre (en lugar del servilismo que es la filmografía completa de J.J. Abrams). El resultado, a pesar de no ser enteramente satisfactorio, ofrece un fascinante anticipo de lo que, probablemente, sea el blockbuster del futuro.

Pablo López


KONG: LA ISLA CALAVERA (KONG: SKULL ISLAND, E.E.U.U., 2017)

Dirección: Jordan Vogt-Roberts/ Guion: Dan Gilroy, Max Borenstein, Derek Connolly y John Gatins/ Montaje: Richard Pearson/ Fotografía: Larry Fong/ Diseño de producción: Stefan Dechant/ Música: Henry Jackman/ Producción: Alex García, Jon Jashni, Mary Parent y Thomas Tull/ Reparto: Tom Hiddleston, Samuel L. Jackson, Brie Larson, John C. Reilly, John Goodman…

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5 comentarios el “KONG: LA ISLA CALAVERA

  1. joscarlosgmez
    19/03/2017

    Mientras sea mejor que el blockbuster setentero de John Gillermin…

  2. elarchaeon
    19/03/2017

    ¿El de Jessica Lange? No lo he visto, pero intuyo que algo mejor ya es. Aunque ahora me han entrado ganas de verla…

  3. joscarlosgmez
    22/03/2017

    Jessica Lange y el gran Jeff Bridges. Tuvo hasta secuela.

  4. joscarlosgmez
    26/03/2017

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Esta entrada fue publicada en 17/03/2017 por en Cine y etiquetada con , , , , , , , .

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